Ha sido un éxito para el Partido Socialista que el gobierno español, presidido por J. L. R. Zapatero, ha entragado el poder al Partido Popular, tras las elecciones celebradas en noviembre, conforme con las reglas legales del Régimen, sin ningún menoscabo, y con una campaña electoral que no fue tal, dada la ausencia total de rivalidad. Un hecho inaudito. El gobierno socialista, aparentemente aislado en la escena internacional, como el gobierno republicano durante la Guerra Civil española (1936-39), ha evitado una intervención directa de la Unión Europea y del Fondo Monetario Internacional.

El precio que ha pagado la nación española, desde que empezó la crisis económica en Estados Unidos (año 2007), ha sido una tasa de paro muy elevada ( España 21,52%/ Eurozona 10%/ EE.UU 9,1), mezcla de objetividad económica e intención política; pero suficiente para detener los planes intervencionistas foráneos. Sin embargo, España está condicionada desde el exterior, y el ajuste no ha sido nunca explicado a la opinión pública española, resignada y vagamente animada por el grupo de indignados que, al renunciar a las barricadas, facilitan la contestación del Orden.

Una crisis tan grave, en Europa, podría provocar la caída de la monarquía de Juan Carlos I, que, con el tiempo, se ha conformado como la compensación histórica al bando republicano, liderado por el Partido Socialista, que ha gozado de gobiernos largos (1982-1996/2004-2011). El principal activo del Régimen es la cultura miliciana que impera en la sociedad española, tanto en los jóvenes como en las generaciones que han crecido con la democracia, y que ha arrinconado a la doctrina y moral católica, gracias a la extensión del comercio, en todo Occidente.

El sistema, la democracia avanzada, se regenerá con unas elecciones generales. Así de simple. Con la complicidad de los medios de comunicación de masas, que renuncian a una actitud crítica, el pueblo atiende a los programas electorales: el del Partido Popular consta de 100 puntos: programaPPelecciones2012. ¿Es posible la regeneración política y social sin un cambio de régimen? ¿ Por qué una democracia europea no puede caer como los regímenes de la civilización musúlmana? La respuesta está en la Dictadura Perfecta.

El Partido Popular representa la continuidad para la Monarquía de Juan Carlos I. Dispone de mayoría absoluta en el Congreso y Senado; el estado autonómico, tras las elecciones regionales en la primavera pasada, tiene color azul. Entonces, el ciclo político va intimamente unido al ciclo económico; cabe esperar un amplio plan de reformas, sin tocar las reglas básicas del régimen, como concretó Mariano Rajoy, en el debate de investidura reciente, a requerimientos de Rosa Díez, lider de UPyD, que reclamaba atención a la modificación de la ley electoral, para atajar la corrupción política. No habrá tal reforma.

Que la Monarquía parlamentaria española concite serias dudas en el observador interesado y sagaz, a cerca de la calidad democrática del régimen, es veraz y oportuno. Nuestro país alumbró la doctrina de los derechos humanos, a raíz de la conquista de América y de la labor de la Escuela de Salamanca; atesora una larga tradición en representación de las cortes, como las del siglo XIX, que arroja una impronta liberal, a tono con los tiempos… mientras la Guerra Civil del 36 no ha sido aún superada y compromete toda la política española. No existe un partido socialdemócrata y las formaciones nacionalistas se apartan del proyecto común.

El Partido Popular, que ya renovó los cargos directivos del partido como la doctrina política,tras la derrota electoral del 2008, debe recomponer la apariencia democrática del Régimen y evitar, por consiguiente, la desafección de una parte de los españoles hacia la Monarquía parlamentaria. Pero ciertos personajes públicos censuran abiertamente a Mariano Rajoy, sin explicar las verdaderas causas y sin oponerse ciertamente al Régimen (grupo mediático “Libertad Digital”, entre otros).

Quienes crean que Mariano Rajoy hace el juego al Partido Socialista se equivocan; un régimen político tiene sus reglas, y el Partido Popular no quiere romper los finos equilibrios que sostienen a la Monarquía de Juan Carlos I, por lo que no recurre al poder autonómico que atesora, ni tampoco promueve alardes personales ante la ciudadanía.

Ante un Régimen que, confiado aún en su enjuague con ETA, devora a sus hijos, el Partido Popular, ya sea con Aznar o con M. Rajoy, celebra su carácter occidental y moderno, la cantinela de la prensa afín, sin reparar que no es comprendido por un pueblo pintoresco, cuya doblez esconde la garantía de un cambio de régimen, pero sin adecuarlo al tiempo presente.

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