Occidente sigue sometido a la enorme presión de la epidemia con una tercera ola; una civilización conflictiva, en los planos político, social y cultural, que no encuentra en las vacunas aprobadas por los organismos pertinentes, el punto de inflexión tan necesario y postergado.

El Foro Económico Mundial, Davos, el faro del Globalismo, persiste en formular tendencias que, en estos momentos, son difíciles, por no decir imposible, que encuentren eco en las cancillerías europeas. La epidemia del virus SARS-COV-2 es un arma geopolítica eficaz, sin que se pueda culpar a nadie en concreto de su creación y propagación. Recordemos que Míster Trump sucumbió por esta epidemia que avanza en una tercera ola. Seguir la noticia.

 La aparición de variantes del virus, cepa británica, sudafricana y brasileña ponen en tela de juicio las normas impuestas por las autoridades políticas en Europa y América, porque han manejado la crisis en función de unas estadísticas cambiantes y no han determinado unas medidas sostenidas a lo largo de un plazo de tiempo amplio. La presión de la opinión pública no es excusa para los gobiernos que han evidenciado la rivalidad entre políticos y expertos médicos o científicos. Las autoridades que no han optado por un cribado masivo, desde el primer momento, no han podido controlar la epidemia del virus SARS-COV-2. La tercera ola reproduce contradicciones ya conocidas, como los fallos logísticos.

 La empresa Amazon se ha ofrecido al nuevo gobierno de Estados Unidos para mejorar el plan de vacunación en marcha. ¡Qué lejos queda aquel tiempo en el que el gobierno de Estados Unidos organizaba el proyecto Manhattan para la consecución del arma atómica!

 Occidente está envuelto en el darwinismo social que con tanto mimo preserva bajo el estricto funcionamiento de las democracias liberales. Liderazgos desdibujados, ya se trate de político o experto científico. Ninguna institución internacional se erige en defensora de la colectividad; las iglesias cristianas no han podido recuperar el protagonismo de antaño.

 La rivalidad entre el Estado y el mercado ha salido a relucir a lo largo de la epidemia. Los Estados han de sobrellevar una crisis económica generalizada; ni los decretos-ley o ley ejecutiva son la panacea en un sistema político en el que la autoridad aparece tan quebrantada. Se echan en falta unas cuantas cosas muy apreciadas en otro tiempo, como la autoridad o la legitimidad impuesta.

 Seguimos confiando en nuestro instinto. Estar atentos a las estadísticas diarias de contagios, incidencia acumulada y muertos no es útil. La calle parece la misma un día y otro; no sabemos si el pánico o la resignación han cerrado el paso a la esperanza. La tercera ola, ya avisada por los expertos médicos o científicos, no permite que apreciemos el gran logro humano de una vacuna contra el virus SARS-COV-2. Los gobiernos descolocados por la eficacia del mercado farmacéutico. Y lo paradójico es que en poco tiempo concurrirán varias vacunas a la vez.

 

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